Una amiga llamada Priscila que estaba estudiando psicología, me contó que, en uno de los viajes de estudio que hizo un año antes de entrar a la universidad, ella y sus amigos tuvieron la oportunidad de ir a una cascada en Cajamarca, la cual quedaba muy apartada de la ciudad.
Llegando a aquella cascada, todos los visitantes epezaron a tomar fotos y a deleitarse con la belleza de aquella agua que caía transparente para formar finalmente una pequeña laguna. Como Priscila tenía una abuela que vivía cerca de la cascada, le pidió a su profesora quedarse a pasar la noche en casa de su abuela ya que se encontraba mal y quería cuidarla al menos por un día.
La profesora le concedió el permiso después de haberlo pensado un largo tiempo, pero con la condición de que una compañera también se quedara a acompañarla. Priscila no vio ningún problema en que hubiera una más con ella y su abuela ya que a ninguna de las dos les molestaba la compañía.
Priscila escogió a Geraldine - su mejor amiga - para que la acompañara aceptando esta gustosamente.
Ya cuando todos los compañeros se hubiesen ido, Priscila va con Geraldine a casa de la abuela y comienzan a platicar hasta que cayó la noche.
La abuela de Priscila vivía muy sola y algún familiar iba a visitarla de vez en cuando, pero nadie se interesaba cuando se trataba de gastar algo de dinero.
Cuando la abuela ya se encontraba durmiendo en su cama, Geraldine y Priscila jugaban a Verdad o Castigo, y en una de esas, Geraldine escoge castigo. Priscila lo piensa durante mucho rato hasta que la desafía a meterse a la laguna que quedaba debajo de la cascada.
Puesto que era de noche, la laguna debía estar helada.
Geraldine aceptó a duras penas ya que no quería revelar un secreto más. Se quitó la ropa y junto a Priscila fueron a la cascada.
Tiritando de frío, Geraldine se metió en la laguna y, justo cuando iba a salir, un pequeño resplandor proveniente de detrás del velo de agua que caía llamó su atención. Una pequeña luz amarillenta se acercaba velozmente hacia ella.
Priscila tan solo se quedó admirando aquella luz que la dejaba atónita, hasta que un segundo después, la luz desapareció en el cuerpo de Geraldine.
Priscila, aterrorizada, quiso ayudar a su amiga que aún se encontraba tiritando en el agua helada de la laguna pero, cuando le tocó el hombro, Geraldine volteó su cabeza bruscamente. Tenía los ojos negros como el azabache, unas marcas en las mejillas y las venas de la frente sobresalían notoriamente. Un momento después de haberse quedado mirando fijamente a los ojos de Priscila, finalmente habló.
"Si no quieres que sufra, déjame"
Priscila sabía que ella ya no era su amiga, pero sabía también que no podía dejarla ahí, así que diciéndole que iba a estar mejor en casa, la llevó a duras penas, abrazándola fuertemente para evitar que se retorciera.
Los gritos de Geraldine despertaron a la abuela, quien conocía mucho sobre estos temas. Corrió a la cocina y trajo dos sogas grandes con las cuales amarró a Geraldine a un sofá.
La abueja y Priscila comenzaron a rezar y a pedirle a Dios que aquel espíritu que se encontraba habitando por ese momento en el cuerpo de Geraldine, desaparezca y encuentre la paz eterna.
Pasaron horas y horas de rezos hasta que Geraldine dejó de retorcerse y se pudo ver un pequeño brillo saliendo por su boca y volando velozmente a través de la sala de estar hasta llegar a una ventana la cual rompió bruscamente para poder ir nuevamente a la laguna.
Priscila abrazó fuertemente a su amiga pidiéndole que la perdone por haberla retado a ir a bañarse a la laguna tan de noche; pero Geraldine no recordaba nada de lo ocurrido.

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